CONSTRUIR
UN PAÍS ES NUESTRO DESAFÍO
por Miguel Grinberg
(publicado el 25-octubre-2000)
Hace cuarenta años, el escritor
Marco Denevi (1922-1998) dijo que el argentino
tiene una mentalidad de huésped de hotel,
que el hotel es el país y que un pasajero
de hotel "no se mete" con los otros
"Y si los administradores administran mal,
si los administradores roban y hacen asientos
falsos en los libros de contabilidad, es asunto
del dueño del hotel, no de los pasajeros...
a quienes en otro sitio los está esperando
su futura casa propia, ahora en construcción".
El célebre autor de "Ceremonia Secreta"
y "Rosaura a las diez" ironizaba sobre
la identidad del dueño del hotel, alguien
desconocido que seguramente era muy rico, por
lo tanto los pasajeros se esmeraban en robar las
cucharitas, los ceniceros y las toallas y, si
era posible, pagaban de menos. Y profetizaba:
"Quizás algún día los
argentinos nos convenzamos de que este hotel de
tránsito es nuestro único hogar
y que no hay ninguna Argentina -visible o invisible-
esperándonos en alguna otra parte".
Aparentemente, ese día llegó: Argentina
Hotel alberga hoy a una cantidad infinita de gerentes
sospechosos de fraude, mientras los pasajeros
claman porque hay goteras y cucarachas en sus
habitaciones, detectan extraños o indignos
objetos flotando en su sopa y, peor todavía,
advierten que les cobran siempre de más
y sufren porque el conserje les impone que traigan
sus propias toallas, ceniceros y cucharitas.
En medio de este torbellino de vida cotidiana
ficticia y degradada, muchos padres comprueban
ahora que sus hijos deciden irse a otros hoteles.
Es la clásica epopeya del desarraigo argentino
tan bien analizada por Julio Mafud, Héctor
Älvarez Murena o Juan José Sebrelli.
Y que se remonta a los tiempos de la Conquista,
cuando otros desarraigados desembarcaron en estas
pampas chatas en pos de pepitas de oro caídas
por inercia desde el Imperio Inca, y se toparon
con una multitud melancólica de indígenas
nómades y semidesnudos que ni siquiera
supieron informarles la ruta hacia la Fuente de
Juvencia. No arraigaron, apenas sedimentaron.
Sólo pudieron apropiarse de miles de kilómetros
de tierras enigmáticas. El conquistador
europeo le robó la mujer al indio. Que
hizo lo mismo cuando llegaron las "blancas".
El híbrido resultante no fue fruto del
amor, sino del odio. Aquellos remotos desarraigados
anónimos fomentaron una tradición
malsana: ganar lo suficiente con el menor esfuerzo,
enquistarse en alguna burocracia municipal, "hacerse
amigos del juez", salvarse con un golpe de
suerte en el Hipódromo o la Lotería
y dar materia prima al desolador tango "Cambalache",
de Discépolo ("el que no afana es
un gil").
Pero no hay nada eterno. La mítica Argentina
de las vacas gordas ya no existe. Cayeron todos
los antifaces. No hay más Argentina Hotel
y nunca construimos de verdad la Argentina Hogar.....
....Durante un siglo, ante cada derrota los argentinos
nos consolamos asignándonos el papel de
"vencedores morales". La farsa se hizo
tragedia. Con apenas dos opciones: despertar para
construir otro país o medrar para seguir
puliendo colecciones de cucharitas robadas.
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WIMPI
(Arthur García Nuñez)
El animal al que más se
parece el tipo es el mono. Pero el animal
al que más debería parecerse
es, sin duda alguna, a la vaca. (...) Los
detalles del comportamiento de la vaca son
una contrafigura terminante de la improvisación.
La vaca mira al tren lentamente, desde que
lo ve aparecer hasta que lo pierde de vista,
y mira lentamente también al viajero
que camina al borde del alambrado. La vaca
mira siguiendo directivas personalísimas
, con una mirada de consistencia líquida,
inyectable y abarcante. La vaca es un ejemplo
de formalidad.
Otro ejemplo es la hormiguita que se cruza
con otra que lleva una carga muy pesada.
¿Que ocurre? Para y la ayuda. La
hormiga contribuye a aleccionar al tipo
con un ejemplo de cortesía trascendental.
Después está el caso de la
ostra. Siendo todavía muy pequeña,
la ostra flota en la superficie del agua
con la apariencia de un trocito de gelatina.
Pero en cuanto, pasado el tiempo, la valva
comienza a formase, la ostra se sumerge
y va a yacer en el fondo. Allí se
pega a una roca y se dispone a vivir dejando
que el agua le entre para alimentarse con
los pequeños cuerpos que arrastra.
A veces, junto con los cuerpos útiles,
se introducen otros que sólo causan
molestias, como granos de arena, huevecitos
de peces, cosas así. Al sentirse
incómoda, la ostra trata de expulsarlos.
Y cuando no puede, se enoja, lo mismo que
el tipo cuando no puede. Sólo que
la ostra comienza a segregar una materia
muy fina, muy suave, con la que va envolviendo
al objeto para hacerlo inofensivo. Y cuando
el objeto ha sido envuelto, está
transformado en una perla.
Decididamente, el tipo, que da el golpe
sobre la mesa, el portazo a la puerta, el
puntapié al perro, la mala contestación
al inocente, debería aprovechar algún
fugaz momento de lucidez para reconocer
que tendría que mandarle a la ostra,
por lo menos, una tarjeta de felicitación.
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